¿Sabemos cuál es nuestra Fe, de dónde viene, lo que significa, lo que supone en nuestro diario existir?

El Catecismo de la Iglesia Católica puede ser un riquísimo punto de partida, un hito fundamental en nuestra formación como cristianos. Está ahí, esperando a ser abierto por cada uno. Aquí tenemos un pequeño acercamiento a uno de los pilares de nuestra Fe.

 

CONSECUENCIAS DE LA FE EN EL DIOS ÚNICO

 

Quien dice «Yo creo», dice «Yo me adhiero a lo que nosotros creemos». La comunión en la fe necesita un lenguaje común de la fe, normativo para todos y que nos una en la misma confesión de fe. (C.I.C. Catecismo de la Iglesia Católica número 185)

Desde su origen, la Iglesia apostólica expresó y transmitió su propia fe en fórmulas breves y normativas para todos (Cf Rm 10, 9; 1 Co 15, 3-5). Pero muy pronto, la Iglesia quiso también recoger lo esencial de su fe en resúmenes orgánicos y articulados destinados sobre todo a los candidatos al bautismo:

Esta síntesis de la fe no ha sido hecha según las opiniones humanas, sino que de toda la Escritura ha sido recogido lo que hay en ella de más importante, para dar en su integridad la única enseñanza de la fe. Y como el grano de mostaza contiene en un grano muy pequeño gran número de ramas, de igual modo este resumen de la fe encierra en pocas palabras todo el conocimiento de la verdadera piedad contenida en el Antiguo y el Nuevo Testamento. (S. Cirilo de Jerusalén, catech. III. 5, 12). (C.I.C. 186)

Se llama esta síntesis de la fe «profesiones de fe» porque resumen la fe que profesan los cristianos. Se les llama «Credo» por razón de que en ellas la primera palabra es normalmente: «Creo». Se les denomina igualmente «símbolos de la fe». (C.I.C. 187)

 

La primera «profesión de fe» se hace en el Bautismo. El «símbolo de la fe» es ante todo un símbolo bautismal. Puesto que el Bautismo es dado «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19), las verdades de fe profesadas en el Bautismo son articuladas según su referencia a las tres personas de la Santísima Trinidad. (C.I.C. 189)

El Símbolo se divide, por tanto, en tres partes: «pirmero habla de la primera Persona divina y de la obra admirable de la creación; a continuación, de la segunda Persona divina y del Misterio de la Redención de los hombres; finalmente, de la tercera Persona divina, fuente y principio de nuestra santificación». (Catech. R. 1, 1, 3) Son «los tres capítulos de nuestro sello (bautismal)». (S. Ireneo, dem. 100) (C.I.C. 190)

 

A lo largo de los siglos, en respuesta a las necesidades de diferentes épocas, han sido numerosas las profesiones o símbolos de la fe: los símbolos de las diferentes Iglesias apostólicas y antiguas (Cf DS 1-64), el Símbolo «Quicumpque», llamado de S. Atanasio (Cf DS 75-76). Las profesiones de fe de ciertos Concilios (Toledo: DS 525-541; Letrán DS 800-802; Lyón: DS 851-861; Trento: DS 1862-1870) o de ciertos Papas, como la <span ">«fides Damasi» <span ">(Cf DS 71-72) o el «Credo del Pueblo de Dios» (SPF) de Pablo VI (1968). (C.I.C. 192)

Ninguno de los símbolos de las diferentes etapas de la vida de la Iglesia puede ser considerado como superado e inútil. Nos ayudan a captar y profundizar hoy la fe de siempre a través de los diversos resúmenes que de ella se han hecho. Entre todos los símbolos de la fe, dos ocupan un lugar muy particular en la vida de la Iglesia:(C.I.C. 193)

El Símbolo de los Apóstoles, llamado así porque es considerado con justicia como el resumen fiel de la fe de los apóstoles. Es el antiguo símbolo bautismal de la Iglesia de Roma. Su gran autoridad le viene de este hecho: «Es el símbolo que guarda la Iglesia romana, la que fue sede de Pedro, el primero de los apóstoles, y a la cual él llevó la doctrina común». (S. Ambrosio, symb. 7)

El símbolo llamado de Nicea-Constantinopla debe su gran autoridad al hecho de que es fruto de los dos primeros Concilios ecuménicos (325 y 381). Sigue siendo todavía hoy el símbolo común a todas las grandes Iglesias de Oriente y Occidente. (C.I.C. 195)

Nuestra profesión de fe comienza por Dios, porque Dios es «el Primero y el Último» (Is 44, 6), el Principio y el Fin de todo. El Credo comienza por Dios Padre, porque el Padre es la Primera Persona Divina de la Santísima Trinidad; nuestro símbolo se inicia con la creación del cielo y de la tierra, yq que la creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios. (C.I.C. 198)

«CREO EN UN SOLO DIOS»

Con estas palabras comienza el Símbolo de Nicea-Constantinopla. La confesión de la unicidad de Dios, que tiene su raíz en la Revelación Divina en la Antigua Alianza, es inseparable de la confesión de la existencia de Dios y asimismo también fundamental. Dios es Único: no hay más que un solo Dios: «La fe cristiana confiesa que hay un solo Dios, por naturaleza, por sustancia y por esencia». (Catech. R. 1, 2, 2.)

Jesús mismo confirma que Dios es «el único Señor» y que es preciso amarle con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu y todas las fuerzas. (Cf Mc 12, 29-30) Deja al mismo tiempo entender que Él mismo es «el Señor». (Cf Mc 12, 35-37) Confesar que «Jesús es Señor» es lo propio de la fe cristiana. Esto no es contrario a la fe en el Dios Único. Creer en el Espíritu Santo, «que es Señor y dador de vida», no introduce ninguna división en el Dios único:

Creemos firmemente y afirmamos sin ambages que hay un solo verdadero Dios, inmenso e inmutable, incomprensible, todopoderoso e inefable, Padre, Hijo y Espíritu Santo: Tres Personas pero una Esencia, una Substancia o Naturaleza absolutamente simple. (Cc. De Letrán IV: DS 800)

El amor de Dios es «eterno» (Is 54, 8). «Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará» (Is 54, 10). «Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti». (Jr 31, 3). (C.I.C. 220)

Pero S. Juan irá todavía más lejos al afirmar: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8. 16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo; (Cf 1 Co 2, 7-16; Ef 3, 9-12) Él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él. (C.I.C. 221)

CONSECUENCIAS: (C.I.C. 222-227)

Creer en Dios, el Único, y amarlo con todo el ser tiene consecuencias inmensas para toda nuestra vida:

Es reconocer la grandeza y la majestad de Dios: «Sí, Dios es tan grande que supera nuestra ciencia» (Jb 36, 26). Por esto Dios debe ser «el primer servido». (Sta. Juana de Arco).

Es vivir en acción de gracias: Si Dios es el Único, todo lo que somos y todo lo que poseemos viene de Él: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Co 4, 7). «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?» (Sal 116, 12)

Es reconocer la unidad y la verdadera dignidad de todos los hombres: Todos han sido hechos «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1, 26).

Es usar bien de las cosas creadas: La fe en Dios, el Único, nos lleva a usar de todo lo que no es Él en la medida en que nos acerca a Él, y a separarnos de ello en la medida en que nos aparta de Él: (Cf Mt 5, 29-30; 16, 24; 19, 23-24)

Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de ti. Señor mío y Dios mío, dame todo lo que me acerca a ti. Señor mío y Dios mío, despójame de mí mismo para darme todo a ti. (S. Nicolás de Flüe, oración).

Es confiar en Dios en todas las circunstancias, incluso en la adversidad. Una oración de Santa Teresa de Jesús lo expresa admirablemente:

Nada te turbe,

Nada te espante,

Todo se pasa,

Dios no se muda,

La paciencia

Todo lo alcanza;

Quien a Dios tiene

Nada le falta:

Sólo Dios basta (Poes. 30)

NOTA SOBRE la abreviatura:“DS”

Como documento de la Iglesia

Enchiridion Symbolorum o Denzinger

Autor: Heinrich joseph Dominicus Denzinger

-Con la misma numeración de referencia que usan los documentos oficiales de la Iglesia como el Catecismo, Código de Derecho Canónico, Constituciones Apostólicas, Encíclicas, etc...